que se socavan, quiebran y chirrían
inocentes enraizados en el cráneo
obligado, el maldito, a continuar sin dar tregua
obsecuente, de esa mandíbula estresada,
respondiendo a las ordenes del más allá...
Ese infierno abrasador, perdido
que gobierna desde las sus ardientes fauces
los corceles de la entrada al templo,
ese infierno sin Lucifer, pero con sus despojos
penetrante e indomable, impío, sobrio.
Bastardo, pero heredero
lazos de sede monocromática
hostil parásito, con una mente abrumada
demente por donde lo mires,
silencioso y furtivo, estrés ineludible.
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