emanan tus esponjosas
mejillas pálidas,
son los cimientos
de tus azabaches
intensos y rasgados
ojos decorados por
pestañas al tono.
Enmarcados,
en la profundidad de
del ceño heredado de papa,
acompasada por la generosidad
de tu sonrisa paterna
a todo aquel que se detiene
obnubilado a admirarte.
Observadora, pachorra
pero nunca quieta
constante y resistente
nada ni nadie te detiene.
La oxitocina de tu vida
me impulsa cada día a
convertirte en mi deidad,
pues si, reina.
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