martes, 7 de diciembre de 2021

El que abandona, no tiene premio.

Deje de escribir sobre laberintos.
Eran encierro, obsesión y ceguera.

Eran vueltas y vueltas de desesperación
impaciencia, locura, soledad.

Eran el terror, de vivir en pesadilla
llevaban la astucia de una mente pueril.

Los odiaba, pero les dedicaba horas.
Eran los márgenes a mi mundo infantil.

Estaba esa puerta, 
que se resistía y me hacía rebotar,
permanentemente, 
pero allá iba yo,
abnegadamente a pifiar otras vez.

Como el pucho que me acompañaba,
que también abandoné. 

¿De qué vamos a vivir?
Sigo en los mismos paréntesis,
enrocando la mismas letras
sufriendo del cuerpo,
preguntándome de qué voy a morir...

Es que al final,
¿De qué queremos escapar?
¿Qué queremos saber?

La distancia entre corchete y corchete,
no es más que el lugar que deseemos habitar.

Aquí, es amplio. Pero oscuro.
Es frío, pero cómodo.
Es blanco a lunares, versátil
A veces sopla el viento, y te lleva volando
De vez en cuando arde tanto...

muchas veces, muchas, hay mucha prisa.
otras, extremo letargo.

No sé si es mi corazón latiendo,
o mis pies andando, 
enchufados

pero encontré la salida
a los mareos narcotizantes
de los deseos ajenos. 

 



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